viernes, 10 de enero de 2014

Una raza de odiosos bichillos

   El rey, que, como ya he consignado, era un príncipe de muy buen entendimiento, ordenaba frecuentemente que me llevasen en mi caja y me pusieran sobre la mesa de su gabinete; me mandaba luego que sacase de la caja una de las sillas y me sentase a unas tres yardas de distancia en lo más alto del escritorio, con lo que me encontraba casi al nivel de su cara. De este modo sostuve varias conversaciones con él. Un día me tomé la libertad de decir a Su Majestad que el desprecio que mostraba hacia Europa y el resto del mundo no parecía responder a las excelentes prendas de discreción que le distinguían; que la razón no crece con el tamaño del cuerpo, sino, antes al contrario, se había observado en nuestro país que las personas más altas están peor dotadas en este respecto. Añadí que, entre otros animales, las abejas y las hormigas tenían fama de más industriosas, hábiles y sagaces que muchos de las especies mayores, y que, por insignificante que yo le pareciese, tenía la esperanza de encontrar en mi vida ocasión de prestar a Su Majestad algún señalado servicio. El rey me oyó con atención y empezó a concebir de mí un juicio mucho mejor del que había tenido hasta entonces. Me pidió que le diese una referencia tan exacta como me fuera posible del gobierno de Inglaterra; pues, aun siendo los príncipes, por regla general, amantes de sus propias costumbres -así lo suponía el respeto de otros monarcas por anteriores razonamientos míos-, le gustaría conocer alguna cosa que mereciera ser imitada.

    Imagina por ti, cortés lector, las veces que deseé la lengua de Cicerón o de Demóstenes para poder celebrar la fama de mi querido país natal en un estilo correspondiente a sus méritos y bienaventuranzas. Empecé mi discurso por informar a Su Majestad de que nuestros dominios consistían en dos islas que formaban tres poderosos reinos bajo un soberano, aparte de nuestras colonias de América. Me detuve en ponderar la fertilidad de nuestro suelo y la temperatura de nuestro clima. Hablé luego extensamente de la constitución del Parlamento inglés, formado en parte por un cuerpo ilustre, llamado la Cámara de los Pares, personas de sangre noble y de patrimonios los más antiguos e importantes. Pinté el extraordinario cuidado que siempre se pone en su educación para las artes y las armas, a fin de capacitarlos para ser consejeros a la vez del rey y del reino, participar en la legislación, ser miembros del más alto tribunal de justicia -de cuyas sentencias no puede apelarse- y ejercer de campeones siempre dispuestos a la defensa de su príncipe y de su patria con su valor, conducta y fidelidad. Añadí que ellos eran el adorno y el baluarte del reino, digna descendencia de sus afamados antecesores, que en ella veían honradas las virtudes que siempre practicaron y de cuyo culto jamás sucedió que su posteridad se apartase. A éstos se unían, como parte de la Asamblea, varios santos varones que llevaban el título de obispos, y cuya misión particular era cuidar de la religión y de quienes instruyen en ella a las gentes. Éstos eran buscados y descubiertos de un extremo a otro de la nación por el príncipe y sus consejeros más sabios entre aquellos sacerdotes que más merecidamente se hubiesen distinguido por la santidad de su vida y la profundidad de su erudición, los cuales, por derecho indiscutible, eran los padres espirituales del clero y del pueblo.

   La otra parte del Parlamento la constituía una asamblea llamada Cámara de los Comunes, cuyos miembros eran todos caballeros principales, libremente designados y escogidos por el mismo pueblo, en razón de sus grandes talentos y de su amor al país, para representar la sabiduría de la nación entera. Y ambos cuerpos constituían la más augusta Asamblea de Europa, a la cual, en unión del rey, estaba encomendada la legislación.

    Pasé luego a hablar de los tribunales de justicia, donde los jueces, aquellos venerables sabios e intérpretes de la ley, presidían la determinación de los derechos de propiedad disputados entre los hombres, así como el castigo del vicio y la protección de la inocencia. Mencioné la prudente administración de nuestro tesoro; el valor y las hazañas de nuestras fuerzas de mar y tierra. Hice un cómputo de nuestro número de habitantes, expresando cuántos millones vienen a corresponder a cada secta y a cada partido político de los nuestros. No omití siquiera nuestros deportes y pasatiempos, ni detalle ninguno que, a mi juicio, pudiese redundar en honor de mi país. Terminé con una breve relación histórica de los asuntos y acontecimientos de Inglaterra durante los últimos cien años.

    Esta conversación no llegó a su término en menos de cinco audiencias, de varias horas cada una, y el rey lo oyó todo con gran atención, tomando con frecuencia notas de lo que yo decía, así como memoranda de varias preguntas que se servía hacerme.

    Cuando di fin a estos largos discursos, Su Majestad, en una sexta audiencia, consultando sus notas, expuso numerosas dudas, preguntas y objeciones respecto de cada artículo. Me interrogó qué métodos empleábamos para cultivar la inteligencia y el cuerpo de nuestros jóvenes de la nobleza y a qué clase de trabajos solían dedicarse durante aquel período de la vida apropiado para la instrucción. Qué partido tomábamos para integrar aquella Asamblea cuando se extinguía una familia noble. Qué condiciones eran necesarias a aquellos que se nombraban nuevos lores, y si el humor de un príncipe, una cantidad de dinero dada a una dama de la corte o a un primer ministro, o el propósito de reforzar un partido opuesto al interés público, no venían nunca a ser motivos para estos ascensos. Hasta dónde llegaba el conocimiento que tenían aquellos señores de las leyes de su país y cómo lo adquirían para hacerlos capaces de decidir sobre las propiedades de sus compatriotas en último recurso. Si vivían siempre tan libres de avaricia, parcialidades y ambiciones que el soborno o cualquier otro designio siniestro no pudiera tener entre ellos lugar. Si aquellos santos varones de que yo hablaba eran siempre elevados a tal rango por razón de sus conocimientos en materia religiosa y de la santidad de su vida, y no habían sido nunca condescendientes con los tiempos cuando eran simples sacerdotes, ni serviles y prostituidos capellanes de algún noble cuyas opiniones siguieran, obedeciendo ruinmente después de admitidos en la Asamblea.

    Quiso conocer después qué sistemas empleábamos para elegir a aquellos a quienes yo designaba por el nombre de Comunes; si un extraño con la bolsa llena no podría influir sobre los votantes del vulgo para que le escogiesen por encima de su propio señor o del caballero más importante del vecindario. Cómo era que la gente se sentía tan poderosamente inclinada a entrar en esa asamblea aun a costa de las molestias y los gastos enormes que yo había señalado, y que a menudo llegaban a arruinar a las familias respectivas, sin recibir por ello salario ni pensión ninguna, pues esto suponía tan exaltado extremo de virtud y espíritu público, que Su Majestad parecía temer que no siempre fuese sincero. Y quería saber si tan celosos caballeros podían calcular indemnizarse de los gastos y las molestias a que se entregaban sacrificando el bien público a los caprichos de un príncipe vicioso en connivencia con un ministerio corrompido. Multiplicó su interrogatorio y me sondeó y sonsacó en cada una de las partes de este capítulo, haciéndome innumerables preguntas y objeciones que no juzgo discreto ni conveniente repetir.

    En cuanto a lo que dije respecto a nuestros tribunales de justicia, Su Majestad solicitó información sobre varios puntos, la que estaba yo tanto más capacitado para dar, cuanto que en otro tiempo me había visto casi arruinado por un proceso en la chancillería, del que tuve que pagar las costas. Me preguntó cuánto tiempo se tardaba generalmente en discernir la razón de la sinrazón y qué gasto suponía; si los abogados y suplicantes eran libres de defender causas manifiesta y reconocidamente injustas, vejatorias u opresivas; si se había observado que algún partido, ya político, ya religioso, fuera de algún peso en la balanza de la justicia; si los tales defensores eran personas instruidas en el general conocimiento de la equidad o sólo en el derecho consuetudinario de la provincia, la nación o la localidad que fuese; si ellos o sus jueces tenían alguna parte en la elaboración de aquellas leyes que se atribulan la libertad de interpretar y glosar a su antojo; si alguna vez habían sido, en ocasiones distintas, defensores y acusadores de una misma causa y citado precedentes en prueba de opiniones contradictorias; si constituían una corporación rica o pobre; si recibían alguna recompensa pecuniaria por pleitear y exponer sus opiniones, y particularmente si alguna vez eran admitidos como miembros en la baja Cámara.

    La tomó luego con la administración de nuestro tesoro, y dijo que, sin duda, a mí me había flaqueado la memoria, por cuanto calculé nuestras rentas en unos cinco o seis millones al año, y cuando hice mención de los gastos se encontró con que en ocasiones ascendían a más del doble de esa cantidad, pues sobre este punto había tomado notas muy detalladas, con la esperanza, según me dijo, de que pudiera serle útil el conocimiento de nuestra conducta, y no podía engañarse en sus cálculos. Pero, dado que fuera verdad lo que yo le había dicho, se sorprendía grandemente de cómo un reino podía gastar más de su hacienda como un simple particular. Me preguntó quiénes eran nuestros acreedores y dónde encontrábamos dinero para pagarles. Se maravilló oyéndome hablar de tan dispendiosas guerras, pues sin duda habíamos de ser un pueblo muy pendenciero, o vivir entre muy malos vecinos, y nuestros generales tendrían que ser más ricos que nuestro rey. Me preguntó qué asuntos teníamos fuera de nuestras propias islas, si no eran el comercio y los tratados o la defensa de las costas con nuestra flota. Sobre todo, se asombró al oírme hablar de un ejército mercenario permanente en medio de la paz y entre un pueblo libre. Decía que si nos gobernaban por nuestro propio consentimiento las personas que tenían nuestra representación no podía alcanzársele de quién teníamos temor ni contra quién teníamos que pelear, y me consultaba si la casa de un hombre particular no está mejor defendida por él, sus hijos y su familia que por media docena de bribones cogidos a la ventura en medio de la calle, escasamente pagados y que no tendrían inconveniente en degollar a todos si les ofrecían por ello cien veces su soldada.

    Se rió de mi extraña especie de aritmética -como se dignó llamarla-, que computaba nuestro número de habitantes, haciendo un cálculo sobre las varias sectas de religión y política que existen entre nosotros. Dijo que no conocía razón ninguna para que a aquellos que mantienen opiniones perjudiciales al interés público se les obligue a cambiar ni para que se les obligue a ocultarlas. Y así como en un Gobierno fuera tiranía pedir lo primero, es debilidad no exigir lo segundo; que un hombre puede guardar venenos en su casa, mas no venderlos por cordiales.

    Observó que entre las diversiones de nuestros nobles y gentes principales había yo mencionado la caza. Quiso saber a qué edad comenzaban por regla general este entretenimiento y cuándo lo abandonaban; cuánto tiempo dedicaban a él; si alguna vez iba tan lejos que afectase las fortunas; si gentes indignas y viciosas no podrían por su destreza en este arte llegar a hacer grandes capitales, y aun en ocasiones a colocar a los nobles mismos en un plano de dependencia, así como a habituarles a compañías indignas, apartarlos completamente del cultivo de su inteligencia y forzarlos con la pérdida sufrida a ejercitar y practicar esa habilidad infame por encima de todas las otras.

    Se asombró grandemente cuando le hice la reseña histórica de nuestros asuntos durante el último siglo, e hizo protestas de que aquello era sólo un montón de conjuras, rebeliones, asesinatos, matanzas, revoluciones y destierros, justamente los efectos peores que pueden producir la avaricia, la parcialidad, la hipocresía, la perfidia, la crueldad, la ira, la locura, el odio, la envidia, la concupiscencia, la malicia y la ambición.

    En otra audiencia recapituló Su Majestad con gran trabajo todo lo que yo le había referido; comparó las preguntas que me hiciera con las respuestas que yo le había dado, y luego, tomándome en sus manos y acariciándome con suavidad, dio curso a las siguientes palabras, que no olvidaré nunca, como tampoco el modo en que las pronunció: «Mi pequeño amigo Grildrig: habéis hecho de vuestro país el más admirable panegírico. Habéis probado claramente que la ignorancia, la pereza y el odio son los ingredientes apropiados para formar un legislador; que quienes mejor explican, interpretan y aplican las leyes son aquellos cuyos intereses y habilidades residen en pervertirlas, confundirlas y eludirlas. Descubro entre vosotros algunos contornos de una institución que en su origen pudo haber sido tolerable; pero están casi borrados, y el resto, por completo manchado y tachado por corrupciones. De nada de lo que habéis dicho resulta que entre vosotros sea precisa perfección ninguna para aspirar a posición ninguna; ni mucho que los hombres sean ennoblecidos en atención a sus virtudes, ni que los sacerdotes asciendan por su piedad y sus estudios, ni los soldados por su comportamiento y su valor, ni los jueces por su integridad, ni los senadores por el amor a su patria, ni los consejeros por su sabiduría. En cuanto a vos -continuó el rey-, que habéis dedicado la mayor parte de vuestra vida a viajar, quiero creer que hasta el presente os hayáis librado de muchos de los vicios de vuestro país. Pero por lo que he podido colegir de vuestro relato y de las respuestas que con gran esfuerzo os he arrancado y sacado, no puedo por menos de deducir que el conjunto de vuestros semejantes es la raza de odiosos bichillos más perniciosa que la Naturaleza haya nunca permitido que se arrastre por la superficie de la tierra.»
Los viajes de Gulliver (1726), Jonathan Swift.
Texto extraído de bibliotecasvirtuales.com.

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